El turismo rural necesita un marco que la región aún no tiene

Por qué necesitamos un marco conceptual común

El turismo rural en América Latina y el Caribe ha crecido de manera significativa en las últimas décadas, impulsado por la demanda de experiencias auténticas, el interés de los organismos internacionales y el esfuerzo de comunidades y gobiernos locales que encontraron en el turismo una oportunidad de desarrollo. Sin embargo, ese crecimiento no ha venido acompañado de un marco conceptual común que permita entender, gestionar y evaluar el turismo rural con la misma claridad en todos los países de la región.

La consecuencia más visible de esa ausencia es la fragmentación. Cada país, cada programa y cada proyecto define el turismo rural desde su propia perspectiva y eso genera políticas que no se hablan entre sí, intervenciones que no se sostienen en el tiempo y territorios que acumulan experiencias sin poder aprender de ellas de manera colectiva.

Sin un marco compartido, el turismo rural puede crecer en número de visitantes y en proyectos, pero difícilmente se desarrolla como una fuerza real de transformación para los territorios que lo albergan, y es precisamente esa diferencia entre crecer y desarrollarse lo que el observatorio busca contribuir a resolver.

|

El enfoque conceptual del observatorio parte del marco de ONU Turismo sobre turismo y desarrollo rural y lo amplía hacia la gestión territorial porque creemos que comprender bien los conceptos no es un ejercicio académico sino la condición que permite diseñar mejores políticas, implementar programas más efectivos y construir destinos rurales que se sostengan en el tiempo desde su propia identidad y capacidad de gobernanza.

Tres conceptos que no son lo mismo y cuya confusión tiene consecuencias reales

El punto de partida conceptual

Comprender la diferencia entre espacio rural, territorio rural y destino rural no es un ejercicio teórico, sino la base desde la que se diseñan mejores políticas, se implementan programas más efectivos y se construyen destinos que se sostienen en el tiempo.

|

El espacio rural es el entorno geográfico que preexiste al turismo y que constituye el soporte natural y cultural de la vida rural. Sus paisajes, su biodiversidad, su patrimonio y sus recursos son el punto de partida de cualquier iniciativa turística, pero no son suficientes por sí solos para generar desarrollo sostenible, porque un espacio rico en recursos sin actores organizados y sin capacidad de gestión difícilmente genera desarrollo para quienes lo habitan.

Cuando los programas de turismo rural parten del espacio y no del territorio, tienden a invertir en infraestructura y promoción sin fortalecer la capacidad de los actores locales para gestionar, y eso explica en gran medida por qué tantas iniciativas no se sostienen una vez que el financiamiento externo se retira.

El territorio rural es el espacio gestionado por sus actores donde la identidad compartida, la historia y las relaciones entre comunidades, gobiernos locales, empresas y organizaciones definen cómo se toman las decisiones y quién se beneficia de ellas. No todos los territorios rurales tienen actores plenamente organizados y, en muchos casos, esas relaciones son tensas o están en construcción, y reconocer esa realidad es el primer paso para trabajarla con honestidad.

La fragmentación institucional entre ministerios, niveles de gobierno y organismos de cooperación reproduce en la política pública la misma desconexión que existe en el territorio y, mientras esa coordinación no mejore, los avances seguirán siendo parciales y difícilmente escalables.

|

El destino rural es la expresión visible del territorio hacia el visitante que integra recursos, experiencias y actores bajo una visión compartida y que solo se sostiene en el tiempo cuando existe una gobernanza legítima y una asociatividad real entre quienes lo habitan y quienes lo gestionan. Un destino rural no surge espontáneamente, sino que es el resultado de un proceso deliberado de construcción colectiva que requiere tiempo, liderazgo y acuerdos que trasciendan los intereses individuales.

Un destino rural que se posiciona sin una gobernanza legítima detrás es vulnerable porque su atractivo depende de decisiones externas y no de la capacidad interna del territorio de gestionarse y renovarse desde su propia identidad.

|

Espacio rural

El entorno dado

El espacio apropiado

Territorio rural

La construcción deliberada

Destino rural

El enfoque territorial es la forma de gestión que hace posible que el turismo rural sea verdaderamente sostenible

La condición de sostenibilidad

La sostenibilidad del turismo rural no se alcanza por el cumplimiento de criterios genéricos ni por la ejecución de un programa bien financiado, sino que es el resultado de una forma de gestión que parte del territorio e integra de manera coherente sus dimensiones ambientales, socioculturales y económicas bajo una gobernanza que permite a sus actores tomar decisiones colectivas con legitimidad y continuidad en el tiempo.

Esa integración no es automática ni ocurre por el solo hecho de que un territorio tenga recursos valiosos, sino que requiere que sus actores compartan una visión común y tengan la capacidad de gestionarla de manera coordinada, porque un mismo modelo no funciona igual en los Andes que en el Caribe o en la Amazonía y es precisamente esa diversidad lo que hace necesario partir de adentro del territorio y no importar soluciones desde afuera.

|

La protección de los recursos naturales y la biodiversidad garantiza que el territorio conserve la base ecológica que le da autenticidad y que pueda seguir siendo un destino relevante en el largo plazo.

Ambiental

dIMENSIÓN 1

DIMENSION 3

Económica

Las tres dimensiones de la sostenibilidad describen qué debe cuidarse en un destino rural y la gobernanza describe quién decide y cómo se toman esas decisiones de manera colectiva y legítima entre los actores del territorio.

El enfoque territorial es lo que integra ambas lógicas desde la realidad de cada territorio y es esa integración la que convierte la sostenibilidad en algo genuino y no en un conjunto de criterios que se cumplen sobre el papel.

LAS TRES DIMENSIONES DE LA SOSTENIBILIDAD

El turismo rural genera valor real cuando sus beneficios circulan dentro del territorio y se integran a la economía local, fortaleciendo los encadenamientos productivos con la agricultura, la artesanía y otros sectores.

La identidad cultural de las comunidades rurales es el principal diferenciador de un destino frente a cualquier oferta turística masiva y su fortalecimiento es al mismo tiempo un objetivo del desarrollo y una condición de la experiencia auténtica.

Sociocultural

DIMENSION 2

La base que sostiene las tres dimensiones

Gobernanza Territorial

Sin estructuras institucionales legítimas que organicen a los actores del territorio más allá de los proyectos y los ciclos políticos, las tres dimensiones anteriores quedan expuestas a la fragilidad que genera la ausencia de acuerdos colectivos sostenidos en el tiempo, y es por eso que la gobernanza no es una dimensión más de la sostenibilidad, sino la condición que las articula y las hace posibles.

El enfoque territorial integra estas cuatro dimensiones como un sistema interdependiente que solo funciona cuando existe la capacidad interna del territorio de gestionarlo de manera colectiva y desde su propia identidad cultural e institucional.

*El marco conceptual de este enfoque se construye a partir de las Recomendaciones de ONU Turismo sobre Turismo y Desarrollo Rural y de los criterios de evaluación del programa Best Tourism Villages de ONU Turismo.

La gobernanza territorial es la condición que determina si un destino rural puede sostenerse por sí mismo

El tejido que sostiene el destino

Uno de los patrones más documentados en el turismo rural latinoamericano es la fragilidad de las iniciativas frente al retiro del apoyo externo, y esa fragilidad tiene una causa estructural que no se resuelve con más financiamiento ni con mejores atractivos, sino con la capacidad del territorio de organizarse y gobernarse colectivamente más allá de los proyectos y los ciclos políticos.

Esa fragilidad tiene un nombre y es la fragmentación, porque en la mayoría de los territorios rurales de la región, los actores que deberían trabajar juntos para construir un destino coherente operan de manera desconectada, ya que los ministerios de turismo no coordinan con los de agricultura o medio ambiente, los gobiernos locales no articulan con las comunidades, las organizaciones de base no tienen canales de diálogo con el sector privado y los organismos de cooperación internacional llegan con sus propias lógicas y tiempos sin conectarse con lo que ya existe en el territorio.

|

La capacidad de los distintos niveles de gobierno y de los organismos sectoriales de coordinar sus acciones sobre un mismo territorio sin duplicar esfuerzos ni generar contradicciones que confundan a los actores locales.

Coordinación interinstitucional

La gobernanza no es un componente más de un programa bien diseñado, sino la capacidad institucional que permite que todos los demás componentes funcionen y se sostengan cuando el programa termina.

La gobernanza territorial se construye desde cuatro capacidades

Lo que muestra la evidencia regional

El análisis comparativo de programas públicos de turismo rural en América Latina y el Caribe muestra que los territorios que logran impactos más profundos y sostenibles son aquellos que han desarrollado estructuras de gobernanza propias más allá del apoyo estatal y que los programas con mayor duración generan mejores resultados precisamente porque dan tiempo a que esas estructuras maduren y se consoliden.

La participación colectiva de todos los actores del territorio en el diseño, la ejecución y la evaluación de las decisiones que afectan su desarrollo turístico es la condición que distingue a los destinos rurales que se sostienen de los que dependen eternamente de un programa o de un financiador externo, porque sin esa capacidad de decidir juntos, los territorios quedan atrapados en una lógica de subordinación que el turismo rural bien gestionado busca precisamente transformar.

La gobernanza territorial no responde a un modelo único, sino que adopta formas distintas según el contexto cultural, histórico e institucional de cada territorio, y es precisamente esa diversidad de formas lo que el observatorio reconoce como una de las riquezas más importantes del turismo rural latinoamericano y no como una limitación para construir marcos de trabajo comunes.

Participación de los actores locales

La capacidad de las comunidades, los emprendedores y las organizaciones de base de participar en las decisiones que afectan su territorio con voz real y no solo como beneficiarios de programas diseñados desde afuera.

Acuerdos que trascienden los proyectos

La capacidad de los distintos niveles de gobierno y de los organismos sectoriales de coordinar sus acciones sobre un mismo territorio sin duplicar esfuerzos ni generar contradicciones que confundan a los actores locales.

Incidencia en las políticas públicas

La capacidad de los actores organizados del territorio de dialogar con el Estado y de incidir en el diseño de las políticas y en la asignación de los recursos públicos que determinan las condiciones del desarrollo turístico rural.

La asociatividad no es solo una estrategia de gestión sino una práctica cultural que América Latina ya conoce

La fuerza que multiplica el territorio

Antes de que existieran los programas de turismo rural, las comunidades latinoamericanas ya practicaban formas de organización colectiva profundamente arraigadas en su historia y su cultura, como el ayni y la minka en los Andes, el tequio en Mesoamérica o las cooperativas campesinas en el Cono Sur, y esa tradición de actuar juntos para resolver lo que ninguno puede resolver solo es exactamente lo que el turismo rural necesita para construir destinos que se sostengan en el tiempo.

La asociatividad en el turismo rural no es un modelo importado, sino el reconocimiento y el fortalecimiento de algo que ya existe en los territorios y que, cuando se orienta hacia la gestión turística, permite que actores diversos como comunidades, emprendedores, productores agrícolas y artesanos construyan una oferta territorial coherente que ninguno podría construir por separado con los mismos recursos y la misma capacidad de llegar al mercado.

|

La organización colectiva reduce los costos de promoción y comercialización, mejora la capacidad de negociación con operadores turísticos y permite compartir infraestructura y servicios entre varios actores del territorio, generando eficiencias que ninguno podría alcanzar de manera individual.

En lo económico

Un pueblo con atractivos puede recibir visitantes, pero un valle asociado puede construir un destino, y esa diferencia de escala es la que determina si el turismo rural genera un impacto real o se queda como una iniciativa puntual que depende de un solo emprendimiento.

La asociatividad en el turismo rural se expresa de tres maneras que se refuerzan mutuamente en el territorio

La asociatividad tiene además una dimensión política que frecuentemente se subestima en el diseño de los programas de turismo rural, y es la capacidad de los actores organizados de un territorio de dialogar con el Estado en mejores condiciones que si actuaran de manera individual, porque una red de comunidades y emprendedores articulados tiene mucho más peso frente a los tomadores de decisiones que cada actor por separado y eso se traduce en mayor capacidad de incidir en las políticas públicas y en la asignación de recursos que determinan el futuro del desarrollo turístico rural.

En lo territorial

La asociatividad permite que territorios dispersos con múltiples comunidades y emprendimientos construyan una identidad turística común y una oferta coherente que el mercado pueda reconocer y valorar como un destino con carácter propio y no como una colección de atractivos aislados.

En lo político

Los actores organizados tienen mayor capacidad de incidir en las políticas públicas y en la asignación de recursos porque representan una voz colectiva que el Estado y los organismos de cooperación reconocen con más facilidad que las demandas individuales de cada comunidad o emprendimiento.

El turismo rural comunitario es una forma de gestión dentro del turismo rural y comprender esa diferencia importa

Una distinción que enriquece el campo

El turismo rural es un concepto en evolución en América Latina y el Caribe y, mientras algunas regiones ya trabajan desde una visión amplia que integra múltiples modelos y actores bajo una perspectiva territorial, en otras el debate sobre su alcance y su definición sigue abierto y esa diversidad de interpretaciones refleja la riqueza y la complejidad de un campo que la región está construyendo colectivamente. El observatorio parte del marco de ONU Turismo, que define el turismo rural como una actividad que ocurre en entornos rurales y que en su desarrollo puede expresarse como un producto turístico concreto y evolucionar hacia un destino rural cuando se integran múltiples actores, recursos y actividades bajo una visión territorial compartida.

El turismo rural comunitario es una de esas expresiones y una de las más significativas porque es ante todo una forma de gestión en la que la comunidad organiza y controla colectivamente una o varias actividades turísticas dentro de un territorio rural donde conviven población indígena y foránea, productores, emprendedores y otras formas de vida que no necesariamente están vinculadas al turismo, y cuando esa gestión colectiva funciona bien, los beneficios se distribuyen de manera más equitativa y la identidad cultural del territorio se fortalece en lugar de debilitarse.

|

Comprender el turismo rural comunitario como una forma de gestión dentro del turismo rural y no como su sinónimo no es una crítica a su valor sino una forma de ampliar el horizonte de lo que es posible construir desde el territorio.

Esta distinción importa en la práctica porque permite diseñar políticas y programas que reconozcan la diversidad de modelos que coexisten en un mismo territorio sin forzar a todos los actores hacia una misma forma de gestión y sin invisibilizar a quienes trabajan el turismo rural desde otros enfoques igualmente válidos como el agroturismo familiar, las redes de productores o los destinos rurales que integran múltiples actores bajo una visión territorial compartida.

El observatorio trabaja desde esa visión amplia e inclusiva del turismo rural reconociendo en el turismo rural comunitario uno de sus aliados más importantes en la región y viendo en la diversidad de modelos de gestión no un problema a resolver sino una oportunidad de aprender colectivamente sobre cómo construir destinos rurales que sean sostenibles, justos y profundamente latinoamericanos.